¿LECCIONES? ¿DE QUIEN? ¿PARA QUIEN?
Jose A.S. - 25-11-2005 10:24 | Categoria: Colaboraciones
Yo creía que después de 98 años de historia cumplidos el pasado 12 de Septiembre, nadie pretendería darle lecciones de sevillanía a un equipo, el Real Betis Balompié, que ha paseado y defendido tal condición por España y Europa al menos tan dignamente como cualquiera. Yo creía que los certificados de pureza, en este caso de sevillanía, eran propios de otras épocas, regímenes o regiones. Yo creía que un sentimiento profesado por tantísimos sevillanos merecía al menos que nadie cayese en la infantilidad de pretender que la sevillanía estaba en el nombre, y no en los corazones. Y, puestos a sacar nombres, creía que era suficiente con haber nacido como Sevilla Balompié y llevar el nombre milenario de nuestro río. Pues bien, me equivocaba.Yo creía que los logros obtenidos por el Real Betis Balompié en estos 30 años de democracia (tres finales, dos títulos, dos cuartos puestos y un tercero, dos participaciones en la UEFA, dos en la Recopa y una en la Champions League), que esos logros, digo, eran cuando menos merecedores de un cierto respeto basado en la prudencia. Me refiero a prudencia a la hora de proclamar ampulosamente la condición de “mejor equipo de Andalucía”. ¿Han oído ustedes a algún directivo del Arenas de Getxo decir que es mejor equipo que el Villarreal, en base a su palmarés histórico –una Copa y tres subcampeonatos de Copa- y no a su realidad reciente? No, ¿verdad? Pues a esa prudencia me refiero. Creía, considerando que ningún equipo andaluz en estos 30 años había igualado ninguno de los logros mencionados (solo el Recre, con una final), que el Real Betis se había ganado al menos el beneficio de la duda a la hora de efectuar esas proclamaciones. Pues bien, me equivocaba otra vez.
Yo creía que estaba comúnmente aceptado que el señorío y la educación eran cualidades que se ostentaban individualmente. Creía que las teorías sobre razas superiores habían terminado en 1945, y que difícilmente podía hablarse de cualidades o defectos colectivos, y menos aún que las mismas calificasen automáticamente ora como señor, ora como “chusma”, a vecinos de una misma ciudad, un mismo barrio o incluso una misma casa. Puestos a creer, creía que todo el mundo creía lo que me enseñó mi padre: Que el señorío nacía de la humildad, que la clase nacía de la honradez y que la educación no siempre andaba de la mano con la cultura o el saber hablar. Pues bien, otra vez me equivocaba.
Yo creía que quienes habían formado una auténtica marea verde hace seis meses en Madrid, que quienes habían tomado las calles de Sevilla durante tres días y la Plaza Nueva durante varias noches, que quienes se habían reunido en número de 55.000 personas en su estadio el día 13 de Septiembre, que quienes en igual número habían impresionado a Europa el día de Todos Los Santos, con unas gradas atronadoras cubiertas de verde, que quienes habían batido records con 2.200 corazones en el mítico Anfield Road, yo creía digo, que esos se habían ganado al menos un cierto respeto como afición. Creía que cuando menos merecían que nadie pretendiese ser ni mejor ni peor que ellos. Y si no se lo habían ganado con eso, creía que se lo habían ganado nuestros predecesores, sobreviviendo a 18 años lejos de la Primera División, 7 de ellos en Tercera. Creía que el “Manque Pierda” se merecía un respeto. De nuevo me equivocaba.
Me equivocaba.
Me equivocaba, y bien que lo he podido comprobar en los últimos meses y especialmente en los últimos días. Me equivocaba al pensar que nadie pretendería darle lecciones de sevillanía al Betis, ni clases de señorío a los béticos. Me equivocaba al prever que no se seguiría con la cantinela bizantina del “mejor equipo de Andalucía”. Y me equivocaba al creer que nadie pretendería dar clases de fidelidad a unos colores a quienes gritan “Manque pierda” y ven a su equipo Campeón “aunque el último estuviera”.
Me equivocaba porque me encuentro “maestros” que al parecer quieren impartirnos esas lecciones. “Maestros” que parecen creerse más sevillanos que yo, aunque nací en las Cinco Llagas. “Maestros” que siguen desempolvando viejos periódicos y documentales en sepia para esgrimir su presunta supremacía, al tiempo que intentan atribuir los logros presentes de mi equipo a la suerte o incluso, en una delirante pirueta, a sus demeritos. Mal camino ese de cuestionar los logros del vecino en una ciudad tan escasa de ellos, y peor camino el hacerlo con desconocimiento de la historia propia. “Maestros” que pretenden darnos lecciones de señorío haciendo chistes homófobos de mal gusto, dedicando calificativos de todo tipo a una abuela por no ser precisamente licenciada en derecho, justificando insultos y modos de matón de discoteca o generalizando epítetos sobre toda una afición.
“Maestros” que, desde atalayas radiofónicas, páginas de opinión, foros y bitácoras, condenan la violencia cuando a ellos o a los suyos les afecta, pero que ponen el punto de mira sobre otros. “Maestros” que, pretenden darme lecciones de sentimientos, como si los sentimientos fueran medibles, o de vivencias, cuando he tenido la inmensa fortuna de haber vivido en carne propia no una, sino varias noches mágicas, que ellos no han vivido nunca salvo que peinen canas. “Maestros” que intentan atribuirlo todo a un mal perder, como si en estos seis meses hubieran dado muestras de saber perder o en estos días de saber ganar.
Yo, como no soy maestro, no doy lecciones. Ni lo pretendo. Repasen las líneas. Verán que no proclamo a mi Betis más sevillano que nadie, ni lo proclamo el “mejor equipo de Andalucía”, ni considero el señorío y la educación cualidades exclusivas del beticismo, ni pretendo que los béticos sean los únicos que quieren a su equipo. No doy lecciones. Pero igual que no las doy, tampoco las quiero. Y menos cuando se evidencia tras muchas de ellas un indisimulado rencor, una mal llevada envidia, un inexplicable desprecio y, sobre todo, ansias de revancha.
Creo que sería más conveniente para todos, para la convivencia, para la racionalidad, que cada uno disfrutase de su sentimiento sin pretender dar lecciones o mirar por encima del hombro. Lo creo sinceramente. No obstante, si los “Maestros” antedichos pretenden seguir dándome lecciones de algo, les ruego que se ahorren la molestia. Aunque francamente, más que rogarles, lo que me pide el cuerpo es señalarles exactamente el lugar al que pueden destinar las mismas.
Jean Valjean
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